Acabo de empezar, como quien dice, una obra de Charles Dickens (1812-1870). "Nuestro amigo común" en edición de bolsillo. Bueno, eso dice en el perfil del libro. Sería una edición de bolsillo para gente con un bolsillo exageradamente grande porque contiene 1078 páginas. Este dato no es porque yo lo quisiera saber si no porque un amigo intrépido lo encontró en el salón de mi casa y esbozó:
- ¿Y esto, de qué trata?
- De un asesinato (con el fin de resumirlo lo más pragmáticamente posible, pues desconozco en mayor medida el contenido del mismo)
- ¡Joder! Pues tuvo que sufrir el tipo, si. Con 1078 páginas...

Una vez metido en faena, pensé en relatar un asesinato en una micro-historia. Tarea difícil si sopesamos la hipótesis de que todo texto que se precie debe guardar, intrínsecamente, la relación básica incionudodesenlace y encima, que parezca que te sale de forma natural ¡venga hombre! Pero, pensé, es un asesinato, "nada puede salir mal". Empecé a dibujarles la cara a los personajes. Estaría el atrevido y activo detective, con su chaqueta cruzada, su placa, su sombrero y su pistola -por si acaso hay que disparar, váyase uno a saber-. Este hombre sería llamado Pablo Oviedo. Luego, en todo asesinato debe haber, evidentemente, un asesino. Alto, con la tez borrosa y una cicatriz que desvela los años de dolor, tedio y hambre que pasó en aquella familia, cuya infancia no fue tratada como se debiera y ahora, disculpas a parte, es lo que es. El hombre responde al nombre de Vizcaíno Mata -un apellido con segundas, claro-. Debe haber un sospechoso, de profesión estereotipada y humor dubitativo: Francisco Mejía, comerciante. O Paco, Paquito Mejía, el de los chicles, que es lo mismo. Debe representarse una bella y humilde doncella. En ocasiones no se sabe bien la razón de la intromisión de este personaje en la obra pero, ahí está. (Como Berlusconi). La damisela, morena de ojos verdes, se llamará Fátima Robles, hija del famoso carpintero Don Alfonso Robles -al cual no incluimos en la obra por presupuesto final-. Finalmente, un cadáver: El profesor Gustavo Zahíno, de quien se desconoce toda la información para mantener al público con la expectativa cínica de si, al terminar la obra, éste será padre del detective o hijo del asesino. Cinco personajes. 1078 páginas. ¿Cómo diablos lo hiciste, Charley?


No pasa nada. Que no cunda el pánico. Imaginé que todo comenzaba en una calle poco transitada de Madrid. Con una mujer de oficio discutible de trasfondo. Un chino vendiendo cervezas y un parquimetrista (u hombre/mujer de los parquímetros, no conozco otra definición) poniendo una multa por haber tardado más de dos minutos en cambiar el ticket. Si amigos. Esta gente está en todas partes. En fin, se escucha un grito y todos corren al lugar de os hechos. Tras descartar intoxicación etílica por consumo excesivo de garrafón, se especula con la muerte por asesinato. No es fácil, de todos modos. Salvo por el cuchillo en la espalda, todos los síntomas responden a una noche de lo más normal: camiseta desgarrada, sangre en la nariz, ausencia de documentación, etc.
En presencia de Sir Pablo Oviedo, detective laureado -y con pistola, por si acaso- todos apuntan a que Paco, Paquito Mejía, el de los chicles, es el autor material de los hechos. Le debía dinero. Al menos, 50 cts. en gominolas, si. ¡Ah! Y las pringles aquellas "paprika" que nunca pagó. De repente, una chica llora desconsolada:
- ¿Qué te ocurre, pequeña? ¿Por qué lloras así? -pregunta un humilde servidor, en presencia, autor y espectador de la obra-
- No lo sé -responde-
- ¿Qué haces aquí? -insisto-
- ¡Que no lo sé! -responde de nuevo-
- Pero...
- ¡Que tipo más pesado! ¡Que no sé qué narices hago aquí! Soy la bella y humilde doncella que nada tiene que ver con la obra. Vengo, hago el paripé, todos me miran, salgo en portada y me vuelvo a casa. (Claro, como Berlusconi).

Entre el tumulto aparece un hombre. De tez borra y cicatriz. El detective le observa detenidamente. El sonríe. El detective no deja de observar.
- ¡Usted! -grita el detective señalando-
- ¿Yo? -pregunta, educadamente eso sí, el atrevido asesino-
- Si. ¿Cómo se llama?
- ¿El muerto? Pues disculpe  mi ignorancia.
- No, el muerto no. ¡Usted! ¿Cómo se llama usted?
- Vizcaíno Mata, para servirle. ¿Por qué?
- Nada, nada. Esta tarjeta de presentación creo que es suya. Estaba aquí en el bolsillo de la víctima. "Vizcaíno Mata - Mata sin piedad. Madrid y alrededores. Pago por adelantado".
- ¡Gracias!
- De nada, hombre. Y tenga cuidado la próxima vez....

Moraleja: Cuidado con perder las tarjetas de presentación. Uno nunca sabe cuándo puede necesitarla.