Se enfadó con su esperanza y se arrancó de un golpe el tatuaje de la espalda. Era una espiral tan pequeña como antipática. "Para leerme -dice- debes girar tu cuello y parar cuando caiga al suelo tu cabeza". Su madre le dijo, cuando niño, que había sido pirata en otra vida. Él, tan superfluo en sus intenciones como pluscuamperfecto en sus errores, originó una trama estúpida que finalizaba en el desembarco de un Buque Insignia llamado "Terrifying" -como la canción de los Rolling Stone- en tierras lejanas. Allí, rodeado de ron y canciones tenebrosas acentuadas en su última vocal, moría el temible Pirata.
Vio, en una fracción de segundo, el impulso que debía ejercer para saltar lo suficiente y caer sin dolor alguno. La muerte como un suspiro. Sentía que jamás fue dueño de un momento y quiso apoderarse de aquella fracción para que fuera únicamente suya. Su pequeño tiempo en el aire. Su salto ingrávido a un vacío repleto de miradas.
Revisó los asteriscos que plagaban sus prosas y versos. Allí los dejó, luchando contra el aire de la azotea. En las películas -quiso rectificarse- todo parece diferente. La guapa baila con el tonto y el héroe salva a un anónimo transeúnte que pasaba por allí. En la realidad, tienes suerte ya si el tonto te mira de reojo.
En un viaje de cuatro segundos y medio la historia de aquel Pirata narraba su requiem particular.
Al subir un día al tejado del Nº 84, encontré esta nota repleta de asteriscos y aún luchando contra el aire de la azotea.
"Sobre un alambre de espinas duerme mi sombra
cuando la sangre se derrama,
y tiñe el cielo del color de la derrota"

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